26 de diciembre de 2014

Estos últimos meses

Si hay algo que Canadá me ha enseñado desde el primer momento en el que puse un pie en ella es que el tiempo tiene alas; débiles, con ese punto de transparencia que te obliga a mirar a contra luz si quieres apreciarlas, hechas de ilusiones, recuerdos, miedos, días vacíos, sonrisas, pasiones, llantos... Unas alas que vuelan demasiado rápido, sin titubeos, sin miedo a que algo o alguien las detenga, con la certeza de que su trayecto es infinito y de que, valga la redundancia, tienen todo el tiempo existente. Es, literalmente, un parpadeo lo que me ha llevado a estar escribiendo esto después de cuatro meses lejos de casa, después de cuatro meses que si alguien me preguntara, diría que han sido dos. Los dos primeros que ya resumí en su día.
Me da miedo ver como todo se va desvaneciendo, como se me escapa el tiempo entre las manos. Me da pánico observar que el mundo gira y gira y gira y no se para ni los días en los que más desearía volver a casa. Me da miedo pensar, me da miedo el silencio que me trae la soledad y el pensamiento de no avanzar, el haberme dado cuenta de lo que es la soledad, de lo que es sentir un vacío en el pecho cuando necesitas gritarle al mundo que no estás bien, pero te das cuenta de que no tienes a nadie con quien hablar. Cuando quieres gritar a los cuatro vientos que estás viviendo los días más maravillosos de tu vida, que ves tras la mirada de la gente la oportunidad de ser verdaderament feliz.

En estos últimos meses he vivido más que en toda mi vida. Me miro al espejo y no reconzco esos ojos oscuros que miran entre tristes y curiosos, pero me encuentro en la mirada de la extraña que me observa desde el cristal. Es una sensación que no soy capaz de describir, es algo que no creo que deje nunca de perseguirme. Es díficil buscarte y verte cada vez más perdida al igual que es difícil escrivir sin tener claro que es lo que quieres contar.


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