10 de septiembre de 2014

A pedazos, a ratos, a parpadeos, a sueños



Hay personas que entran en tu vida y, aunque parezca increíble, dan la impresión de que siempre han estado ahí. De repente eres otra, o mejor dicho, eres tú, sin máscaras, sin escudos, sin murallas que te protegen en vano de peligros inexistentes. Entran sigilosamente, como si les diera miedo avanzar, como si estuvieran esperando un instante exacto, y van tan lentos, que cuando te quieres dar cuenta forman parte de ti y son tan indispensables en tu día a día que se convierte en motivo de preocupación el que no te escriban. Te planteas miles de cosas cuando te das cuenta de que estas personas están haciéndose un hueco en tu corazón, un corazón que para los demás está cubierto de hielo y espinas. Y te da miedo admitir que les quieres, porque querer es algo muy grande y querer a alguien que a penas conoce es señal de, por lo menos, locura. Pero me gusta estar loca si estoy loca por querer a alguien.
Y estoy más loca aún porque echo de menos cosas que no he tenido nunca, ¿Pero no es mejor estar loca y tener amor, que vivir sin la satisfacción de conocer lo que es querer a alguien tanto que darías lo que fuera por acortar la distancia que os separa?

Te pones a pensar y llegas a la conclusión de que en ningún momento la historia ha tenido un final feliz, que desde el principio ha estado condenada. España es grande y aunque seamos cien seguimos siendo demasiado pequeños como par lidiar con la distancia. Da ganas de llorar el saber que lo has tenido todo durante dos días y que al tercero ese todo se ha esfumado, dejándote con la sensación de haber estado soñando. Aunque también es bueno despertar y tener los ojos bien abiertos para saber apreciar todo lo que nos tiene preparado Canadá. Quizá lo pintaron como un sueño que luego se convirtió en pesadilla, pero estoy segura de que el miedo que sentí cuando me alejé fue el empujón que necesité para abrir los ojos mucho más que nunca, y convertirme en esponja para absorber todas y cada una de las experiencias que voy a vivir, los olores, las miradas, las personas...  y luego guardarlas en pequeños frascos y ponerlas en la preciada maleta que llevo a mi espalda y que poco a poco me va diciendo quién soy.
Supongo que el echar de menos es parte de la experiencia, pero como desearía que etuviérais aquí.



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