19 de junio de 2014

Dímelo

Muchas veces no nos damos cuenta de nada. Digo muchas veces por no decir que nunca nos damos cuenta de las cosas. Hace falta un empujón, una chispa, una sonrisa, o un grito para empezar a entrever lo que pasa. Nos refugiamos a menudo en que no hace falta decir algo que ya se sabe, por la simple razón de que es algo que se da por hecho. Y caemos así en el gran error de no recordar lo mucho que se quiere a alguien.
Muchas veces, como digo, necesitamos una señal para darnos cuenta de ese algo, para recordar que hablas con alguien porque le quieres. Esa chispa llega de mil maneras, pero puedo asegurar que siempre de la forma más inesperada. ¿Quién te dice a ti que hablar de odio puede recordarte lo mucho que necesitas a esa persona con la que hablas? - querida señorita Mamen, no sé como darle las gracias, es usted, junto con mis niños, lo mejor que me puedo llevar del colegio-. ¿Cómo puedes imaginarte que un reproche puede llevar a darte cuenta de que quieres a una niña a la que precticamente no conoces, mi Laurita, la niña de la perenne sonrisa? ¿Quién me dice a mi que un niño que hace la gallina durante las misas podría ocupar un huequecito ( o más bien un gran hueco, que si no no cabes, Alberto ) en un corazón que pensaba que no quería a nadie? ¿Cómo iba a imaginarme que unos niños de cualquier parte de España, pudieran hacerme reir, llorar, e incluso creer en el amor y la perfección sin no haberlos visto nunca? ¿Quién? Dímelo, ¿Quién o qué tiene la suficiente fuerza o el suficiente valor de hacerme frente y de meterme todo eso en la cabeza? ¿Qué o quién si no es una sonrisa, una conversación trascendental, un "te comprendo", un "ojalá llegue ya Madrid" o un "Lydia, por favor, no te vayas"? ¿Qué o quién si no es una conversación a las cuatro de la mañana, un Yeti, un Gremlin o el mismísimo Stich? Dime quién, por favor, o dime qué, es capaz de demostrarme que no hace falta ver para querer. Dime quién me va a imitar entrando en clase los lunes por las mañanas en Canadá. Dime quién me va a decir un "Lydia deja de llorar, que ahora vas a poder decir lo que quieras". Dime quién va a darme un abrazo cuando esté a menos veinte grados en un pueblo precioso perdido en la Columbia Británica.
Dime por qué necesito irme para darme cuenta de que estoy rodeada de pequeñas personas que han estado en la sombra todos estos años que me hacen feliz. Dime, dime porque necesito saberlo, cómo voy a decir todas estas cosas en voz alta si mientras escribo no soy capaz de contener las lágrimas.
Dímelo porque no quiero irme sin decirle a estas personas que son importantes, y aunque parezca de piedra y no me deje querer, necesito recordarles o incluso decirles por primera vez, que las quiero, porque si no se cuida algo, se pierde, y yo no quiero perderos, aunque a muchos de vosotros os acabe de conocer y me vayáis a acompañar en este sueño que me obligó a dejar de ser cobarde.

Las palabras no me bastan

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